Hablemos de mujeres, de perspectiva de género

Por Mariana Castillo Hernández

Almanaque de la Cocina Nacional IV

Cuando hablamos entre mujeres es usual que salgan a flote historias de abuso, de violencia sexual, física, verbal, psicológica, económica, académica, étnica, laboral… Las compartimos entre nosotras, contrastamos experiencias, reflexionamos: no siempre es tan evidente y fácil notar que vivimos una situación violenta, incluso teniendo a la mano herramientas sociales, metodológicas y emocionales para hacerlo. No hay una que sea menor que otra, cada una importa, impacta, transforma. No es casualidad.

Porque la violencia de género tiene como marco otras violencias estructurales, que van desde la pobreza hasta el racismo. Además, factores relacionados con la identidad social, como cultura, color de piel, nacionalidad, edad y hasta estado civil se convierten en diferencias que tienen una enorme importancia. Estos pueden crear problemas que las afectan de manera desproporcionada en comparación con otras, que evidencian las profundas desigualdades que existen.

Algunas tenemos el privilegio de seguir vivas. Solo entre enero y mayo de 2021, México registró 423 feminicidios según el Sistema Nacional de Seguridad Pública; 7.1% más que el mismo periodo en 2020. Las violaciones a su vez, crecieron en un 30%: 7 de cada 10 de nosotras ha sufrido algún tipo de violencia y alrededor del 90% de los delitos no se denuncia, por lo que existe un subregistro. 

Mujeres asesinadas, golpeadas, violadas: lo terrible, escandaloso e infame que somos carne de cañón para el clickbait, para la nota roja. Pero eso es solo la punta del iceberg por su magnitud aunque en temas de género, cada machismo sostiene un problema enorme que tiene que ver con ejercicios de poder más complejos. 

Dichos; burlas; machoexplicaciones; acoso; cosificación; sexualización; toqueteos; infantilización; acoso y abuso sexual y emocional; salarios más bajos y hasta que te pongan constantemente a prueba para ver qué tanto sabes en tu campo laboral han sido normalizados porque están en el día a día, y suelen pasar desapercibidos en el entorno íntimo y el público; en el hogar y el trabajo; con amistades; familia; parejas; camaradas; colegas y hasta con gente desconocida. 

No son micromachismos, como bien lo analizaron Eréndira Derbez y Claudia de la Garza en el libro “No son micro. Machismos cotidianos”, porque esto, el contexto total, permite situaciones peores, en escalada. ¿Deberíamos de hablar esto en la industria relacionada con el mundo de la alimentación y la hospitalidad?  Sí y mil veces sí, aunque incomode, cause escozor, levante cejas, genere preguntas, cuestione estructuras e idolatrías.

En colectividad se logra más y no son temas que se tienen que quedar resguardados por el silencio dentro del ámbito femenino sino que se dialogan con cada actor social para promover y lograr transformaciones porque están ahí germinando, anidándose, provocando problemas e inequidades.

Al buscar asociaciones y colectivas relacionadas con mujeres y gastronomía en México encontré dos de reciente creación y que tienen postulados interesantes porque son autogestivos y sin ninguna figura que fuera más mediatizada que las demás: estas son Mapa de Barmaids y Adelitas cerveceras. La primera que busca reunir a todas las que quieran sumarse y que sean parte del sector; la segunda que se enfoca en mujeres relacionadas con la cerveza desde la elaboración, pasando por la mercadotecnia y el servicio en negocios cerveceros. 

Retomo también el caso de Norma Listman, quien junto con su compañero y socio, Saqib Keval dijo “Gracias, no gracias” en un comunicado desde las redes sociales de su restaurante Masala y Maíz, después de que este fuera nominado por The World’s 50 Best para recibir el premio The Macallan Icon Award —que reconoce a los locales “que logran un cambio duradero en la industria”(sic)—:

“A nuestro juicio, instituciones como The World’s 50 Best fomentan una cultura fracturada a causa del abuso y el sexismo (entre otros). Estamos convencidos de que para lograr el cambio que nuestra industria necesita, requerimos dejar de contribuir con un sistema que recompensa y prospera a partir de la explotación de los trabajadores”.

Asimismo, están las mujeres que desde su lógica cultural, establecen otras maneras de construirse en sociedad con esquemas, roles y otras maneras de organización muy específicas de participación y comunalidad. Y también existen las tantas que venden en las calles; en tianguis; en las esquinas; las que cocinan en sus hogares y que no están en ninguna agrupación.

Una colectiva urbana que me parece ejemplar es Mujeres de la tierra, Mujeres de la periferia que reúne a compañeras de Santa Ana Tlacotenco, Milpa Alta, y que transforman alimentos de la milpa para sostenerse. Sus integrantes viven o vivieron situaciones de violencia intrafamiliar en sus hogares y alzan la voz de aquellas que son olvidadas por la sociedad al no vivir en una situación de confort y visibilidad. 

Las que cocinan en la calle, las que cocinan en sus hogares

Las mujeres que venden alimentos en la calle, por ejemplo, sufren una intersección de inequidades. Paloma Villagómez, socióloga, interesada en temas de alimentación; pobreza; desigualdad; reproducción social y género, y profesora visitante en el Centro de Investigación y Docencia Económicas, Región Centro (CIDE-RC), dice que, para empezar, esa actividad es una iniciativa de sectores de bajos recursos pues frecuentemente están excluidos de otro tipo de oportunidades educativas y residenciales.

La informalidad es para ellas una opción viable y sustentable que está particularmente expuesta a una serie de exclusiones o persecuciones por parte de las autoridades y varios procesos de estigmatización por parte de quienes creen que hay una sola forma legítima de utilizar el espacio público. “Digamos que ahí, como sector y como actividad, hay una primera capa de desigualdad. Enseguida, la venta de comida en particular se asigna en esta división sexual del trabajo a las mujeres y hay una sobrerrepresentación de ellas en estas actividades, dado a que la alimentación y el trabajo alimentario en particular es una actividad que corresponde a lo doméstico”.  

Ellas encuentran esta vía para obtener recursos y Mujeres de la Tierra, Mujeres de la Periferia que nació en mayo de 2020, es uno de estos casos. Ellas venden alimentos que preparan en sus casas con maíces y otros ingredientes como nopales, frijoles, quelites y más que encuentran disponibles en Milpa Alta, a costos asequibles. No tienen local ni punto de venta: los entregan en diferentes puntos de la Ciudad de México, llegan en metro, camiones, caminando. También ofrecen sus servicios para cocinar mole de guajolote, arroz, tortillas maneadas de maíz azul y más para eventos. Y, además, generan encuentros de escucha entre mujeres e identidades lésbicas: a finales de noviembre de 2021 realizaron su Segundo Encuentro Feminista de la Periferia en Tláhuac. 

https://www.instagram.com/p/CW6Umg0LKrB/

El objetivo de esta agrupación, en general, es que cada una de las camaradas genere ingresos; con esto, pueden tener independencia económica para mantenerse a sí mismas y a sus familias a fin de dejar a sus agresores. Cocinar juntas; tomar el fogón como símbolo de resistencia; entender sus procesos; identificar qué es una agresión y expresarla cuando les sucede: juntarse es crear un espacio seguro para la libertad y el aprendizaje, para un apapacho en femenino, son otros beneficios añadidos, explica Rocío —quien pide mantener su apellido anónimo—. 

“Espacio seguro” es una frase que resuena intensa mientras la escribo, pero que se llena de sentido cuando la pienso. Se repetirá a lo largo de estos párrafos: para nosotras es importante porque los necesitamos y para algunas lo es aún más porque sus vidas corren peligro: despertar al otro día es su batalla ganada. Mujeres de la Tierra, Mujeres de la Periferia necesitan apoyo constante con donaciones y hacerles pedidos de tamales; panes de elote; tlacoyos y demás alimentos a través de sus redes sociales es darles la posibilidad de salir de circunstancias difíciles que las ponen en riesgo por más de una razón. 

Colectivas que buscan cambios en sus industrias

María Paula Etchebehere, coordinadora general de Mapa de Barmaids en México, explica que su colectiva comenzó un año y medio en plena pandemia, aunque en Argentina ya tiene cuatro años de existencia por iniciativa de Laura Marajovsky. Estos proyectos buscan apoyar y visibilizar a las mujeres que trabajan en la industria gastronómica; ya sea de manera directa o indirecta, en servicio, cocina o barra, tanto en restaurantes, bares y más, e integrar a las colegas que están en áreas de marketing, sommeliers, empresarias, chefs, gerentas operativas, baristas, enólogas, etcétera. En la actualidad la conforman 150 integrantes.

Aunque pronto tendrán una página web, desde su Instagram se puede acceder a una Encuesta de Género en Gastronomía en México, que busca recabar datos sobre violencias de género: hasta el momento alrededor de 80 personas la han llenado y es anónima. “¿Hay mujeres o disidencias (LGBTTTIAQ+) en roles de mando o responsabilidad en el lugar donde trabajas?”, “¿Sufriste alguna vez algún abuso físico en tu lugar de trabajo?” y “¿Alguna vez sentiste que no te dieron una oportunidad (trabajo, reconocimiento, pago justo) por tu género?” son algunas de las preguntas. También tienen disponible la Encuesta de Salud para hombres, mujeres y otres identidades sobre los hábitos de salud que se tienen cuando se labora en estos rubros.

“Vengo de más de 15 años de ser parte de la industria en Uruguay, Argentina y México; aquí hay un montón de cosas normalizadas que atravesé y que también les pasó a colegas. Se ven, como si fueran normales, la precarización, la infantilización y el abuso. De ahí que queramos recopilar ciertos datos. Lo que tenemos hasta ahora es que un 30% de mujeres se han sentido incómodas en una entrevista laboral y han vivido situaciones de acoso por parte de superiores, compañeros, clientes. Sabemos que esas cosas pasan y buscamos derribar paradigmas, ser un lugar de referencia a dónde acudir en caso de algún problema”, dice María Paula.

Si bien entre sus pilares está la educación para profesionalizarse en conjunto tanto en saberes, como en temas de género y en capacitaciones para que los equipos sepan qué hacer en casos de violencia de género a nivel interno o externo (clientas que la sufran, como una cita incómoda o hasta casos de drogas en las bebidas), ella está convencida de que hay que actuar con más firmeza: hicieron una alianza con la Red de Abogadas Violeta en la Ciudad de México que dan asesoría para que las afectadas sepan cuál es el protocolo a seguir en casos urgentes y le den seguimiento a las denuncias.

Se vieron en la necesidad de buscar este tipo de enlaces legales a raíz de casos de diferentes casos de violencia sexual por parte de un jefe de barra en 2020, un secreto a voces que luego se tornó mediático, público: en Mapa de Barmaids desean que ninguna mujer se sienta sola y perdida; mucho menos que se culpabilice.

María opina que en México estamos apenas hablando de estos temas y que aún hace falta mucho por hacer. Piensa que las marchas feministas de los años recientes han ayudado, pero considera que falta alzar más la voz. Que te quieran dar besos en la cámara fría es un clásico que se ha compartido en experiencias; también lo son las machoexplicaciones en capacitaciones y catas; los castigos en horarios o rotaciones si no quisiste salir con algún hombre en un puesto más alto; los pagos más bajos por ser mujer; las difamaciones, entre tantas otras circunstancias:

“Estamos en un momento donde los hombres también deben prestar atención del contexto en que estamos inmersos y cuestionarse entre pares y por qué nosotras decimos lo que decimos. Si generaremos una cultura no machista en colectivo, ellos tienen que hacer su parte, aunque lo veo difícil. Hemos dado charlas de deconstrucción de masculinidades a colegas y es redifícil, pocos participaron, no se animaron. Y las cabezas de restaurantes no pueden aislarse o mirar para otro lado de lo que está pasando”. 

Chantal Alonso, integrante de Adelitas cerveceras, comenta que no estaban organizadas hasta que en 2019 se reunieron a raíz de una invitación que les hicieron al Primer Encuentro de Mujeres Cerveceras en Latinoamérica en Ecuador: en ese primer momento eran 20, hicieron la cerveza colaborativa Adela, para recaudar fondos con el fin de poder asistir a este evento y se sembró una semilla. Comenzaron a platicar, a verse entre ellas: querían en primera instancia, promover la actividad de las mujeres relacionadas con el mundo cervecero y su profesionalización. Hoy en día son 270 y tienen integrantes de todo el país y en diferentes partes del eslabón cervecero, desde el servicio hasta lo administrativo, no solo las que elaboran cheve.

Sin embargo, al compartir sus anécdotas notaron que no solo las unía la chela sino el machismo que vivían: “La brecha salarial está muy cañona. Algunas chicas tuvieron que empezar a lavar barriles siendo que ellas podían haber empezado en otros puestos ya que con su carrera tenían todas las herramientas para poder hacer cerveza, pero las mandaban a lugares menos visibles donde eran obligadas a picar piedra, siendo que cualquier vato podía decir yo tengo esta carrera y puedo hacer chela aunque no pudiera y a ellos sí los dejaban”.

“Hay mucho acoso sexual, de manera desmesurada. Hemos tenido algunos problemas con algunos líderes cerveceros que son de la opinión que nosotras como mujeres que formamos parte de la industria cervecera no deberíamos beber tanta cerveza porque incitamos; porque si entramos en un estado de ebriedad, podemos hacernos acreedoras a ser violentadas. Eso que dice es algo bastante terrible, me da mucho coraje”, confiesa. Están buscando cómo actuar legalmente ante casos graves que ya han sucedido sin que ninguna salga afectada: estos hombres con posiciones poderosas suelen desprestigiar, difamar y hasta despedir a quienes les lleven la contraria. El miedo es constante, aunque gracias a que han visto iniciativas en cervecerías en Estados Unidos en donde se han destituido a quienes han cometido injusticias, ahora tienen esperanza de lograr algo similar.

Los sistemas patriarcales son también apoyados por mujeres que no viven los mismos hechos o a quienes sus privilegios las han hecho ciegas para identificar las violencias que viven otras mujeres e identidades en vulnerabilidad social —en más de una entrevista alguna mujer, incluso voceras y líderes de opinión en la industria gastronómica me han dicho que “algunas están exagerando” o “que se hacen las víctimas”—. Esto tiene que ver con los estereotipos de competencia establecidos desde esta lógica, la del patriarcado. Chantal y la colectiva lo han conversado: 

“También hay visiones de chicas que son privilegiadas en el mundo cervecero. Incluso, les cuesta abrir los ojos por el hecho de que nunca han sido aparentemente violentadas; pero sí han sido cosificadas y como están tan adentradas en esos privilegios, dicen no, pues a mi nunca me ha ido mal en la industria cervecera. Las ves y son estéticamente muy bien parecidas. Una no quisiera fijarse en eso, pero esa es la razón por la cual de una manera obvia nunca les ha pasado como a otras chicas que han sido discriminadas porque no alcanzan el estándar estético socialmente válido”.

Otro punto es el tiempo que las mujeres mexicanas destinan al trabajo y cuidados: su carga laboral es incluso tres veces superior al que realizaban los hombres antes de la pandemia, según estudios de ONU Mujeres. Las cerveceras lo vivieron. “Hay chicas, que por ser madres y estar queriéndose profesionalizar en la industria, se han hecho muchas veces a un lado. Están las que se tuvieron que partir en veinte para estar trabajando desde casa y cumplir con sus labores sin ningún tipo de ayuda”.

“Queremos abrazar a todas, tomarlas de la mano y decirles que entre más somos, más podemos ir logrando. Se han roto muchas brechas y una mujer haciendo cerveza no es reciente, es algo que desde la antigüedad existe y estamos retomando lo que nos toca. Queremos compartir saberes y generar alianzas, ser un espacio seguro donde no seamos violentadas. Como me chocan esas frases de mujeres juntas ni difuntas, hay que demostrar que así no son las cosas, a pesar de las burlas y las descalificaciones”, finaliza Chantal.

Norma Listman, de los restaurantes Masala y Maíz y Marigold, define a sus proyectos como feministas ya que ella y Saqib no quieren replicar las malas prácticas que han observado en los negocios gastronómicos. Ella afirma que se puede tener un negocio digno y justo sin explotación, sin seguir modelos abusivos. Tienen un equipo en el que el 80% son mujeres; los hombres que son parte de él deben ser conscientes del tema de género y tener apertura para hablarlo y asumirlo. 90% de las posiciones de poder en sus locales son femeninas.

Otra de las acciones que decidieron implementar para fomentar cambios fue no abrir de noche. “Tengo mamás solteras, papás solteros y es importante que puedan llegar a la casa a poner a los niños a dormir o a cenar como familia. No queremos la visión de la cocina matada que no te deja tener vida. Para nosotros, los hijas y las hijos de mis cocineras y cocineros son importantes. Podríamos ganar el doble de dinero si tuviéramos horario nocturno, pero queremos ser eje de cambio en ese sentido”. 

Al interior de sus proyectos se habla de abuso aunque sea un tema delicado. Han tenido colaboradoras que son víctimas de violencia doméstica y sus abogados están a su disposición para ayudarlas. Y si hay comensales o algún proveedor que comete alguno, su política es de cero tolerancia, lo mismo en cocina. Durante su curso de inducción comparten su filosofía y valores en un manifiesto donde se habla de feminismo, racismo, pigmentocracia y diversidad.

“Nos invitan seguido a cocinar a diferentes festivales y siempre lo importante es El chef, se dirigen a él; aunque vayamos de la mano y sepan que yo también estoy ahí. Seguimos con modelos muy patriarcales y seguimos solapando estas actitudes”, considera Norma quien a su vez es analítica. Por un lado ve el auge de las cocinas tradicionales a la par que observa exotización y abuso de gobiernos estatales para apoyos nacionales turismo y cocinas —y esa también es violencia y ejercicio patriarcal y de capital, hay que decirlo—.

Sexismo: esa fue una de las razones por las cuales decidieron no estar en 50 Best: “no podemos seguir teniendo un premio para mujeres dentro de este listado. Quiero competir con les chefs, además, hablar solo de dos géneros es limitarnos y excluir a una gran parte de la población”.  Ella añade que el premio para mujeres es relativamente nuevo y antes solo se le daba a hombres blancos. “Es un premio de consolación (…) premios como este, como las estrellas Michelin están enfocados en un sistema clasista arraigado a la supremacía blanca y va de la mano de modelos que hacen del lado a la mujer”.

Tihui Campos, directora de Cultura Alimentaria de la Dirección General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas de la Secretaría de Cultura, enfatiza que la equidad de género es un objetivo transversal relacionado con la cultura alimentaria. “Queremos dar fortaleza a las mujeres y fortalecer el papel de los hombres desde una visión de género; trabajar con ellas; vincularlas; invitarlas a los eventos; darles reconocimientos y que ellos, los hombres, participen con una visión más equitativa, que sean partícipes del cambio».

Esta investigadora expresa que la cuestión de equidad de género es una visión occidental porque lo que hay en el ámbito tradicional es trabajo comunitario y viene dividido según la cultura de cada pueblo. “No es su discusión y queremos que se valoren y respeten los vínculos entre ellos y la naturaleza dentro de un sistema”. 

Sin embargo, y esto es mi opinión a partir de lo observado y conversado con algunas juventudes indígenas como la investigadora purépecha Erandi Medina, las dinámicas sociales en las comunidades también se están redefiniendo las maneras de cuestionar lo establecido desde sus propias lógicas para evitar esas violencias que algunos roles tradicionales y esperados traen consigo, para mujeres, para hombres, para identidades diversas. Y esto da para continuar un texto aparte, en su propio contexto.

Finalmente, la investigadora Marcela Lagarde —quien usó por primera vez en español el término feminicidio para referirse al asesinato de una mujer por razones de género— expresó que “la perspectiva de género permite analizar y comprender las características que definen a las mujeres y a los hombres de manera específica, así como sus semejanzas y diferencias. Esta analiza nuestras posibilidades, expectativas y oportunidades, así como los conflictos institucionales y cotidianos que deben enfrentar a las maneras en que lo hacen”. ¿Es importante integrarlo en los temas alimentarios? Por supuesto, es urgente. Y si leer esto te enojó o te incomodó, te conmovió o te hizo querer hacer algo, el texto ha cumplido su cometido, para eso es el periodismo.

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